Las hojas caen e instalan el paisaje artístico del otoño. Relieves del acto creativo, irresistible, atrapante para escribir...

viernes, 6 de noviembre de 2009

La vuelta de Carmen
Una tarde de mayo, el calor sofocante del pegoteo pastoso por las calles de Montevideo la detuvo en un silencio escénico. La calidez espesa en el aire hacía recordarle a las palabras de su madre. Viajando en el ómnibus 116 de camino a ciudad vieja, el aire se iba volviendo espeso. Inmersa en aquel útero miraba por la ventana la mudeza de las palabras. Tomaba relieve escénico los pocos rayos de luz como un láser en la oscuridad, produciendo heridas quirúrgicas tras el silencio. Las palabras se hacían objetos espesos de calor, pegajosos, absolutos. El silencio los marcaba como palabras impenetrables, memoriosas, que no entendía. Esperando que una lluvia cortara con tanta calidez espesa, solo atinó a seguir mirando, como si quisiera llegar al destino, a ciudad vieja. ¡Qué nunca pare de andar este útero! pensaba para sí mientras el guarda explicaba donde quedaba la calle Magallanes a un pasajero. En eso quedó fijada. El sonido de un violín interrumpía la intimidad insegura de aquél calor. Un muchacho rubio, la sorprendió con el sonido de un violín. No dudó en sacar sus últimas dos monedas, agradecida de una interrupción a tan agobiante calor. Una gota de sudor bajaba por su mejilla enrojecida que también le recordó que podía dejarse afectar por algo de aquél calor sin tanto miedo. No era miedo, era la plenitud de lo absoluto, sensación que algo se acercaba demasiado para sí, como cuando sentía que Dios vivía, y navega en el Universo de un silencio pleno. Pasando por la rambla ve una señora vendiendo charlas para adelgazar, al doblar el ómnibus por Bulevar, vio los carteles en una sede política sin nadie adentro, doblando por 21 y Ellauri vio un taxista pelear por un cliente con otro, parecía que se iban a ir a las manos, luego en la esquina un rostro bello de niño vestido de payaso. Ahí se detuvo la mirada, dudaba si no era allí donde debía bajarse, como si quisiera quedarse todo su tiempo viéndolo. El niño terminó sus malabares y se acercaba a los autos para pedir agradecimiento de su momento, se miró con el niño él le dijo hola! esa imagen la acompañó como seis cuadras, cuando dudó que quizás el niño le decía: qué miras! Me siento engañada. No puedo forzar fotografías, pensó. Eso la angustió mucho. Eso la silenció. Enmudecía, comenzó a aterrorizarse, el calor volvía, nadie podía cortarlo, y ¿si el ómnibus se parara? ¿Si callara eternamente los dramas más profundos de la vida de alguien? ¿Y si narrara distinto eso que veo?, sí, podría cambiar todo, como si no fuera así, como si la señora vendiera charlas para quitarse la flaquez mental, y si en la sede política hubiera asambleas, y si el taxista regalase su cliente a otro compañero, y si el niño se rodeara de gente que le dijera hola!, o bueno por lo menos poder fotografiar las paradojas, la señora con sus folletos y una flaca comprando su discurso para quitarse la mentalidad de flaquez, y una sede política vacía con mucha gente en la calle mirando hacia adentro, y un taxista peleando con otro y un abrazo de dos que se aman en el fondo de la escena, y un niño haciendo reír a otro niño en un auto. ¡Qué lindas fotos para museo!, esas fotografías que le dan una vuelta al arte reinventando la vida. Algo seguía angustiándola. Me siento engañada, repetía en voz baja. Una muchacha con walkman se sentó al lado suyo, diciéndole permiso, ella la miró enojada y se corrió un poco para que pudiese entrar en el asiento. El enojo la confundió, llevaban a la incomodad de la silla los silencios que la seguían flagelando de calor. Se paró, pidió permiso a la muchacha, ésta ni se percató. Se dirigió hacia la puerta del ómnibus, empequeñecida e incómoda por bajarse, quería seguir allí.
Al bajarse dos niños en la parada se reían, quebraron su silencio de extraña alegría. Sus ojos lloraban, confundiéndose las lágrimas con el sudor, provocaron un silencio. Palabras enmudecidas de terror y alegría. Esperaba llegar a su casa a ver correr los minutos, y pensar como escribir los relatos de una muerte que suspiraba pudiera dejar llevar a las palabras dramáticas de su madre hacia un Universo diverso, cortante de espesor en una calidez hogareña. Es hora de cenar, tengo ganas de comer tallarines con tuco!
Carne
Mientras me cepillaba los dientes frente al espejo, recordé cómo un niño que me gustaba en el jardín me llamaba Carne, en vez de Carmen. Eso siempre me enojó, hasta un día que mi madre me dijo pero ¿porqué no le decís a ese Gabriel Lambeta, que es un lambeta? La sencillez con la que mi madre decía eso, fue un golpe en el sentido común, o bueno a eso llamaba ese conocimiento en ese momento. Quedé con los ojos abiertos sorprendidos de que nunca me había dado cuenta que se apellidaba Lambeta, el pesado y bello Gabriel, como tampoco había visto las maldades de los adultos. Pensé que capaz Gabriel era un adulto que se vestía de niño, y me reí a carcajadas en seguida. Le dije a mi madre que tenía razón, lo que nunca le dije que no le iba a decir lambeta, en cambio empecé a sonreír cuando me decía Carneee! y le decía Gabiii!, la primera vez se calló en seguida mientras oía el rezongo repetido de la maestra Gracielita. Esa maestra era una dulzura, bueno en realidad pienso eso porque no me olvido de su cara, a pesar que tenía 3 años. Tampoco me olvido de Gabriel y menos del día que lo dejé de querer. Ese día era su cumpleaños y yo lo fui a saludar a lo que me arañó en la cara, porque no le gustaba cumplir años, o bueno eso me decía Gracielita mientras yo lloraba. Mi madre le contó a mi padre que me habían arañado, y enojada decía, ¡ese lambeta! ¡ese lambeta! Ayer cumplí 20 años, y me acordé de Gabriel, ¡no me gusta cumplir años! quisiera lastimar la carne del rostro aprisionado que esperan los otros. Quisiera romper la carne.
¿Por qué mantengo el silencio? ¿Porqué negar las palabras espesas del drama? ¿Para qué tanta impostura en una niña?
La muerte es una extraña sensación de miedo y alivio. A la vez que parecer explotar la piel y desvanecer el espíritu congelado de ataque y de fuga aparece el preciado abismo. Ese límite perfecto donde el todo y la nada se juegan los restos de poesía venideros. ¿Es posible vivir sin la muerte? ¿Quiero vivir sin desgarrar la carne de poesía? Esta tensión hizo estragos en la garganta de Carmen mientras bajaba las gotas de agua del mate que acababa de calentar su cuerpo. Una llamada interrumpió el segundo sorbo. Era su madre, enseguida se prendió un cigarrillo. La sola voz de su madre demandante recubría su cuerpo de una extraña angustia por la que temía intensamente. Recordó en las primeras palabras de la conversación que la esperaba un lápiz y un papel si era necesario cortar aquellos intensas presencias. Como en una danza de sofocantes voces la conversación se arrastró por informaciones del clima, las idas y vueltas de la semana, en espesos y latentes acercamientos acerca del querer colgar el tubo.
- ¿Porqué me llamaste?, pregunta a Carmen
- Ah, cierto que te llamé… es que necesito datos sobre la familia
- ¿Datos como que?
- Estoy haciendo una investigación personal acerca de la genealogía familiar…
- Ay Carmen que emoción! podes hablar con los abuelos, te acordas de Martín Bertochi, Escudero…
- No me acuerdo de nadie ¿por qué?
- Te estaba empezando a dar datos de la familia que tenemos en Grecia…
- No, ahora no, me gustaría encontrarme contigo a hablar...
- … (silencio) Ah sí… bueno ¿cuando?
- Cuando sea, no me importa, pero tengo que empezar por algún lado y pensé que me podías ayudar.
- Sí, sí, sí... el fin de semana te venís a casa, comemos…
- No! vos venís a mi casa y ahí lo hablamos… podes mañana?
- Mm... No
- Entonces me avisas cuando puedas, nos vemos, chau
- Chau! Carmen


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