Las hojas caen e instalan el paisaje artístico del otoño. Relieves del acto creativo, irresistible, atrapante para escribir...

martes, 21 de julio de 2009


Risa porosa

Entre los dedos, las gotas de lluvia envuelven líquidos otoñales y marcan a las hojas que buscan escabullirse entre mis manos, de la nada y del todo de esa nada. 
En los huecos que surcan, quedan hojas prisioneras, deseantes de no salir de allí, mareadas por la tentativa de que quiero dejarlas ir. Es el miedo sigiloso quién perturba sus movimientos. Y la danza que hacen, con tal de quedarse, es el desdén de una turbia autodeterminación. 
La finitud de su ser se mezcla a los restos de saliva que están de cabeza en su limbo. Zona flagelante con la que las combido a mojarse de susurros de sonidos de viento electrónico con escaso aire. La densidad, la lluvia y sus gotas perforan el pensamiento de quien camina por las calles y se sumerge entre relieves hechos de frío y de cuerdas hacia una estufa leña. 
Alguien tropieza y golpea mi hombro. No son las hojas las que se me caen sino las gotas de lluvia y la saliva. Y allí quedan bordeando las líneas porosas de mi cuerpo repleto de toxinas amorosas que van buscando los fluidos caídos entre mis extremidades, calor que yo misma les he prometido.
Qué ásperas son las manos de una promesa! Las ansias de las hojas se entrometen en el pensamiento, las dejo caer con desprecio, tras el choque con el paraguas, rizado por la tormenta, de alguien que pasó. 
Al mirar, el casi vuelo del paraguas ahora enrollado me recuerda una soledad y me quedo creyendo en su risa. Las hojas son demasiadas a mis ojos, las gotas patean fuerte en mi nariz, la risa se convierte en un poro más con el que se expande el cuerpo flagelado.

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