Paisaje
Las hojas caen de los árboles desfigurados del otoño; restos, fragmentos de objetos relacionales son mis manos y las hojas. El susurro del viento llora en los ojos de Chavela, quien armoniza el encuentro flagelante y fusional. La angustia desolada de Darnauchans susurra con el viento la soledad tajante del rocío de la noche, quien se deja caer sin vacilar. El viajero, camina sobre su sombra buscando las hojas de sus manos, surcos de raíces lo hacen tropezar. El grito de Lulú se quiebra con el instante, mientras el mensajero de la muerte se hace carne en Jack el destripador. Da comienzo a la última escena, la vitalidad de la finitud, el anuncio de la muerte. Las hojas se entregan frágiles a la intimidad de la noche. El otoño abraza en lágrimas de furia la tierra despojada de silencios. El viento conduce a su destino a las hojas, la guitarra de Alfredo las sopla hacia el cerro. El querer congelado de las lágrimas del cuerpo, fragmentos de vida, palabras, letras y sonidos. Las voces del mensajero salen a buscarlos . A la hora de la escena, una cena de restos hacen la metáfora del goce eterno. Una llama abre sus cuerpos, una hoja tapa sus oídos para poder escuchar al viento. El otoño intensifica su abrazo, le pide que escriba con las alas del viento a sus pies. Aquel tropiezo en sus raices hizo caer su soledad, y en la intimidad de esos cuerpos tendidos, el viento llama al sonido desolador del grito venidero...